Pedro Peñaloza

No hay nada más desalentador que alentar las esperanzas

y volver a apagarlas; es casi peor que no dar ningún tipo de esperanza.

Margaret Atwood

La palabra que le da nombre a estas líneas viene del griego antiguo kakía (derivado del adjetivo kakós), que significa el vicio, la malicia, la cobardía, la infamia, el deshonor; y kratos, poder, dominio, soberanía, autoridad. 

Aunque sus orígenes lingüísticos son antiguos, la ha retomado en algunas reflexiones el italiano Michelangelo Bovero (Ermanno Vitale, “Democracia, kakistocracia, pleonocracia. Michelangelo Bovero y teoría política”), y quiere decir que el poder es asumido por personas ineptas, improvisadas e impulsoras de la administración pública.

Otra característica de la kakistocracia es que los puestos del gobierno no se obtienen por capacidad técnica o preparación, sino por obediencia y lealtad política. Tampoco hay transparencia y se fomenta la confrontación, predomina la demagogia y el manejo de narrativas alejadas de la rendición de cuentas. 

En efecto, el aparato conceptual en que se ha definido a la kakistocracia embona perfectamente en lo que ha hecho Morena en sus prácticas de gobierno. Se apoderaron de manera tramposa del Congreso de la Unión, inventando la sobrerrepresentación y comprando mercenarios; asaltaron el Poder Judicial, con los grotescos acordeones; cancelaron toda posibilidad de tener información del manejo de los recursos públicos, al desaparecer el INAI.

Ahora, después de la exhibición de corrupción en el INE, el Frankenstein que Morena construyó, el oficialismo se encuentra en una encrucijada: necesita darle credibilidad al órgano electoral, pero a la vez intentará poner un otro cómplice en la presidencia. Sí, la receta de la kakistocracia es apoderarse de todo el poder y hacerlo con leales e ineptos. Esto no es lo más grave, sino que los electores firman avalando con su voto un semejante modelo de dominación.

El desafío político que tenemos quienes no aceptamos las fechorías encubiertas por la entelequia denominada “humanismo mexicano”, cuya divisa demagógica ha servido para edulcorar un régimen despótico, no es nada sencillo. La kakistocracia azteca edificó un aparato de control abigarrado y amurallado por el corporativismo y el clientelismo a imagen y semejanza de sus antepasados ​​priistas.  

Es una casta burocrática que se ha proveído de los desechos de izquierdistas desempleados, derechistas amenazados por carpetas de investigación, todo tipo de saltimbanquis y arribistas desmemoriados. El cemento que une a todo este agrupamiento es el poder, ninguna ideología ni programa estratégico. No hace falta. Repartir mendrugos a los excluidos y abrazar a los ultras ricos es la misión de una kakistocracia grotesca que hace honor a su genealogía. Tiempos duros por vivir.