Agencia Reforma

Ciudad de México 17 junio 2026.- Sin el apoyo de alguna instancia benefactora que les tendiera la mano, varias de las instituciones más importantes del ecosistema museal mexicano difícilmente habrían logrado prosperar y consolidarse.

 De ello ofrece un vistazo el libro Mecenazgo cultural, De patronatos, asociaciones y fundaciones, elaborado desde la Cátedra Internacional Inés Amor en Gestión y Políticas Culturales de la UNAM, en mancuerna con la Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial de la Coordinación de Difusión Cultural.

 «Creo que todas las instituciones, sean del Gobierno, de la Universidad o instituciones privadas, deben de tener la fortuna de contar con un grupo que apoye las iniciativas», opina en entrevista la gestora cultural Graciela de la Torre, titular de la Cátedra y coordinadora del volumen.

 «Ahorita no se puede puede pensar -pero sí las hay, ¿eh?-, no se puede pensar en una institución cultural sin patronatos o sociedades de amigos o fundaciones», agrega la también exdirectora de museos públicos como el Nacional de San Carlos (MNSC) y el Nacional de Arte (Munal), así como del Universitario Arte Contemporáneo (MUAC).

 A lo largo de 12 ensayos, 14 escritos testimoniales y un apéndice, la publicación de más de 400 páginas acomete una revisión histórica del surgimiento y evolución de algunos de esos patronos cuyas contribuciones han favorecido tanto el desarrollo de exposiciones como la compra de obra para los acervos o la mejora de infraestructura, entre otras posibilidades.

 El primer patronato exitoso de un espacio artístico surgió precisamente en el MNSC, en 1960, a iniciativa de su entonces director, Enrique F. Gual; «él decía que quería hacer un patronato a semejanza del Museo Metropolitano de Nueva York, toda proporción guardada», recuerda De la Torre.

 «Pero el parteaguas de toda esta participación organizada del tercer sector fue con la creación del Conaculta, en 1988, porque Rafael Tovar y de Teresa estableció la norma de que los sectores social y privado deberían tener voz y voto, y corresponsabilizarse del sostenimiento de ciertos proyectos culturales.

 «Con esta llamada se desterró el pecado original de vincular a las instituciones gubernamentales con el sector privado, y se abrió la posibilidad formal de que los museos pudieran contar con patronatos o sociedades de amigos. Esto es un poco la historia que se quiso recapitular», remarca la especialista.

 Bajo la curaduría de Ana Garduño, el libro reúne a voces como Cándida Fernández, Giovana Jaspersen y Jorge Pech Casanova, para tener una pista sobre la situación del mecenazgo en Fomento Cultural Banamex, el Fideicomiso Cultural Franz Mayer y el que ejerció una figura como Francisco Toledo.

 También está presente el caso del Instituto de Liderazgo en Museos (ILM), asociación civil dedicada a la profesionalización del gremio cultural y de los recintos museales; «se beca a los directores de museos, y los fondos provienen 100 por ciento del patronato de la iniciativa privada (…), de mecenas que no obtienen nada más que la satisfacción de ayudar», apunta De la Torre, secretaria del Consejo del ILM.

 «En el MNSC, que el patronato lo dirigía (el expresidente) Miguel Alemán, compraron un terreno aledaño al museo e hicieron un edificio que es el que hoy día alberga a las oficinas», ilustra su exdirectora.

 «Y qué decir del proyecto Munal 2000, que fue paradigmático y se hizo gracias a la intervención del patronato junto con Conaculta en una acción del 50 y 50 por ciento para la renovación total del Palacio de Comunicaciones y la puesta al día del Museo Nacional de Arte. Y así podemos citar múltiples ejemplos a lo largo de estos 26 capítulos de mecenazgo cultural».

 ¿Responde este libro al panorama actual, con algunas instituciones conduciéndose sin una brújula clara?

 Pues sí, un poco. Un poco también a la necesidad.

 Son dos cosas: por una parte, reconocer las aportaciones y la participación generosa y desinteresada -por eso es mecenazgo, no patrocinio, ¿eh?; no estamos hablando de patrocinio, estamos hablando de mecenazgo- del tercer sector.

 Y, por otra parte, alentar también a las instituciones a que se hagan de este tipo de apoyos para poder hacer los proyectos, en unos tiempos en que el presupuesto de la cultura no es el óptimo de ninguna manera. Tú lo sabes, se ha reducido enormemente; y, bueno, tendríamos que pensar en allegar recursos por varias vías. Hay varias vías.

 Lo más noble y lo más oportuno, por así decirlo, es la constitución de patronatos, de sociedades de amigos para las instituciones culturales, estén o no disminuidas de recursos. Siempre para la cultura el dinero va a ser poco, siempre.

 Entonces, bueno, es reconocer y alentar, las dos cosas.

¿Ayuda desinteresada?

 La variopinta radiografía de la evolución museal mexicana plasmada en Mecenazgo cultural… no está desprovista de una mirada crítica.

 En su entrada dedicada precisamente al MNSC, el curador y gestor cultural Marco Antonio Silva Barón lo refiere como un caso revelador para comprender cómo las prácticas de mecenazgo y patronazgo en el País «han operado como dispositivos de legitimación simbólica antes que como auténticos mecanismos de fortalecimiento institucional».

 Y es que el patronato sancarlino, presidido durante décadas primero por Miguel Alemán Valdés y luego por su hijo Miguel Alemán Velasco, habría consolidado una red de influencia en la que confluyeron empresarios, exgobernadores, banqueros, socialités y personalidades del medio cultural, «todos atraídos por la posibilidad de convertir su donaciones -materiales o simbólicas- en capital de prestigio», apunta Silva Barón.

 «(Fue) una plataforma que permitía a sus miembros proyectar su influencia y afianzar su estatus dentro del campo cultural, mientras aseguraban beneficios fiscales a través de las deducciones que la ley concedía a las donaciones ‘altruistas’.

 «En lugar de robustecer una política cultural pública, el patronato se convirtió en un mecanismo que apuntaló la fragilidad institucional del museo, a la vez que reforzó la jerarquía social de sus benefactores», sostiene el curador y gestor.

 Ya desde las primeras páginas del libro, Garduño refiere que la incursión de los particulares en el patrocinio de proyectos artísticos no necesariamente fue bien recibida por la burocracia cultural, que además de percibir aquello como una crítica implícita a las políticas gubernamentales, cuestionaba la legitimidad de tal injerencia.

 «Alertaban contra los intereses ‘oscuros’ que los particulares tendrían al participar en la esfera cultural: reconocimiento y distinción social, ingreso a grupos de élite donde podrían facilitarse la concreción de negocios, difusión de sus colecciones, etcétera», escribe la investigadora del Cenidiap y doctora en historia del arte.

 Cuestionada al respecto, De la Torre deja clara su postura: «Yo no concuerdo con esa opinión».

 «¿Qué provecho le pueden sacar? Son mecenas, eso quiere decir que no esperan retribución.

 «Claro, siempre hay un reconocimiento, pero eso es normal; un reconocimiento como cuando alguien te hace un favor y le das las gracias. Nada más un reconocimiento», compara De la Torre, antes de insistir: «No concuerdo con la idea de que las élites se han aprovechado de la situación, no concuerdo para nada. Son generosos al 100».

 De acuerdo con Garduño, «el museo otorga capital simbólico y distinción social a quienes lo respaldan».

 «Mi convicción es que todos los agentes culturales que interactuamos en el campo artístico tenemos intereses gremiales, profesionales y personales», reconoce la curadora del volumen. «Lo indispensable es ponerlos en la mesa virtual de discusión donde estudiamos las gobernanzas, las políticas y las prácticas culturales».

 «Los patronatos enfrentan hoy no sólo el desafío de su propia relevancia, sino el cuestionamiento ético sobre su lugar dentro de un sistema cultural que parece cada vez más dependiente de la lógica del mercado que de la responsabilidad pública», sentencia, a su vez, Silva Barón.

 El volumen cierra con un apéndice a cargo del abogado Ismael Reyes Retana Tello acerca de la necesidad de crear una ley de mecenazgo, «pertinente a fin de subsanar un vacío legal y para estimular y regular el altruismo, sobre todo en una época marcada por las dificultades de financiación y recortes presupuestales», según define De la Torre en su texto introductorio.

 Dado lo inédito de este empeño y la imposibilidad de abordar cada caso ocurrido en el País, la especialista espera que eventualmente sea posible lanzar una segunda entrega de este libro, el cual por ahora estarán presentando en octubre en la Feria Internacional del Libro de Monterrey.