Francisco Montfort Guillén

Kairós

Vivimos un largo periodo de elecciones a escala del mundo. Algunas ya han sido resueltas. La lectura simplista nos impone la visión de un corrimiento de las preferencias electorales hacia la “extrema derecha”. Lo que significa que antes, esas preferencias, se habían corrido hacia la “extrema izquierda”. Sería natural, en una democracia, que los electores probaran diferentes vías para mejorar su desarrollo colectivo. Si ahora votan por la “extrema derecha” es porque la “extrema izquierda” no resolvió los problemas más básicos en las sociedades donde gobernaban. Pero lo cierto es que, en la mayoría de los casos, esas definiciones ideológicas nos dicen poco para esclarecer las búsquedas de las sociedades que pretenden tener un nivel y una calidad de vida mejores. Al menos no es el caso de América Latina.

Sí existe un problema ideológico para definir a las fuerzas políticas que gobiernan los países de este subcontinente. Porque utilizan en sus discursos esos adjetivos para generar emociones con las cuales ganar adeptos, crear enemigos y esconder ineptitudes. Pero la causa del subdesarrollo latinoamericano no es ideológica, sino de conocimiento y destrezas para construir un Estado exitoso. Un Estado de derecho que se autocontenga y que firme acuerdos con las sociedades para que éstas puedan participar en las decisiones importantes de gobierno y no sólo cuando son llamados a votar. Sean de “ultraderecha” o de “ultraizquierda”, los grupos en el poder en Latinoamérica quieren tener sometidos a sus ciudadanos y tener manga ancha para cumplir sus caprichos, que se resumen en adquirir más poder, permanecer en él eternamente y enriquecerse lo más posible.

En Brasil, cuando todo mundo apostaba a que ganaría la “ultraderecha” ganó la “ultraizquierda” de Lula. Según su propio discurso, logró el triunfo gracias a una exitosísima e inesperada campaña en redes sociales que logró convertir los likes en votos. Según sus adversarios, se trató de un fraude debido a una extraña prolongación de la jornada electoral por dos horas más, en la región de Minas Gerais, la más pobre y en donde Lula tiene más seguidores, lo que permitió la movilización de votantes acarreados. Lo que sigue en Brasil será la inestabilidad política, puesto que en la primera vuelta sus rivales habían ganado los gobiernos estatales más importantes y las mayorías de diputados y senadores. Aun cuando no exista posterior litigio, y se confirme el triunfo de Lula, se ve muy difícil que pueda cumplir con sus ofertas de campaña debido a la situación de las finanzas del país, la desconfianza de los inversionistas que votaron en contra sacando sus inversiones y haciendo caer la Bolsa de Valores, y a la fuerza política de la “ultraderecha”. Otro problema es que se trata de un triunfo cuestionado en su mismo origen, pues las críticas del sistema electoral brasileño han estado presentes desde la primera vuelta.

Un conflicto poselectoral, sin apoyos institucionales sólidos para el triunfador impide la puesta en práctica de un programa de desarrollo colectivo exitoso. Y este es el futuro que nos espera en México. El sistema electoral fue vaciado de legitimidad desde la elección misma de Claudia Sheinbaum, que fue electa con un sistema que ya no cumplió estrictamente con las leyes y, por el contrario, hizo posible el golpe de Estado que le permitió a Morena hacerse dueño de “todo el pinche poder”. Fue tan grande esta aventura, que la operadora de este golpe, la señora Guadalupe Tadei se consideró a sí misma la piedra fundamental y básica del nuevo orden. Y por lo tanto se podía dar el lujo de manejar al INE a su antojo y enriquecerse a sus anchas. La nueva organización del INE nada tiene que ver con su diseño original, aunque los nombres de los puestos sean los mismos. Se trata ahora de una organización para ser dirigida unipersonalmente por el presidente del Consejo, aunque existan unos pocos consejeros que critiquen las decisiones unilaterales. Precisamente con sus desacuerdos, los consejeros opositores otorgarán legitimidad a las decisiones personales que antes eran colegiadas. El nuevo presidente no cambiará la dinámica de este INE desnaturalizado desde el Poder Legislativo y rediseñado bajo los caprichos de Guadalupe Tadei. Las próximas elecciones volverán a ser objeto de disputas legales, en donde no cambiará nada que afecte al partido Morena. Las protestas públicas serán el pan de cada día en México.

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