Uriel Flores Aguayo
A finales del año 1978, estudiando en la Escuela Normal, un compañero, Juan Martínez Matla, me comentó que, en un lugar de Teocelo, había un problema agrario y que su tío, Gabriel Alducin Morales, era el representante del grupo afectado.
Eran mis tiempos de intenso activismo social. Visitamos a los campesinos y les ofrecimos apoyo dado que defendían una causa justa: habían solicitado las tierras desde junio de 1930 y contaban con una resolución favorable con fecha de agosto de 1978.
En ese decreto presidencial, publicado en el Diario Oficial de la Federación el 8 de agosto del mismo año, se dotaba de 230 hectáreas a 42 beneficiarios. Por razones desconocidas no se había ejecutado tal resolución y afirmaban que estaban encontrando trabas oficiales y resistencia de los expropiados. En ese momento conocía a los dirigentes de la Coordinadora Campesina Revolucionaria, en cuya fundación por parte de Margarito Montes Parra, después dirigente de la UGOCEP, yo había participado en una asamblea realizada en Texcoco.
Contacté a un líder que estaba encabezando una lucha en el poblado de Palmarillo, Cotaxtla, lugar que también conocía por haber estado en actos de solidaridad. Se trataba de Francisco Vidal Pérez, con antecedentes en el Partido Popular Socialista y el Revolucionario de los Trabajadores, el de Rosario Ibarra de Piedra. Era un líder en toda la extensión de la palabra: carismático, comprometido, con visión y una extraordinaria facilidad de palabra.
Se recibía un aprendizaje fuerte al verlo en acción. Era escuela. En mucho el resultado de esa lucha se debe atribuir a su liderazgo. Con la voluntad de los campesinos, el apoyo de la CCRI y el respaldo de algunos estudiantes Normalistas, se decidió y ejecutó la ocupación directa o toma de posesión de las tierras en disputa en enero de 1979.
Fueron días frenéticos, de asambleas nocturnas, manifestaciones en Xalapa y comisiones al DF; siempre se consultaban los pasos a seguir. Pernoctar en Teczín era acomodarse alrededor de fogatas, escuchar el concierto de grillos y lejanos sonidos de gritos, que para Vidal, eran amenazas. No había hora definida para concluir las reuniones, casi siempre terminaban a la media noche; a esa hora había que emprender el retorno a Teocelo, como primera parada, recorriendo la carretera que era de terracería. Recuerdo haber caminado con Miguel Carrilo, compañero Normalista que, entre otras cualidades, interpretaba de gran manera las canciones de la nueva trova.
Por compromisos estudiantiles y habiendo percibido ciertas divisiones en el movimiento, me fui alejando, pero supe del resultado favorable para los campesinos.
Las diferencias giraban en torno a las tácticas de lucha: un Vidal radical, igual que nosotros, haciendo lo que para él era la revolución, y una mayoría de ejidatarios que únicamente querían se ejecutara el decreto presidencial. Vidal, con un discurso envolvente e incendiario, cometió el error de pensar que su entrega le justificaba todo, como ridiculizar a algunos campesinos, que le respondieron con desconfianza. Por ejemplo, les recriminaba que no le pusieran atención plena en las asambleas, diciéndoles que sería diferente si él fuera un abogado de la Secretaría de la Reforma Agraria.
Habiendo dejado la causa muy avanzada, se salió del movimiento antes de que concluyera. Nunca más volví a Teczin, hasta hace tres años, a la celebración del aniversario del ejido, vuelto a invitar por el compañero Juan. Ahora el ejido tiene 57 años de fundado, cuenta con una población considerable y todos los servicios. Me honra haber sido parte de esa lucha.
