La presentación de Rafael Márquez como DT de la Selección Mexicana representa una incógnita como entrenador, a su incuestionable capacidad como futbolista le avaló para pasar a la banca. El fondo del asunto no es dudar de su figura ni de la incorporación de un staff de perfil europeo encabezado por la veteranía de Juan Manuel Lillo y un novato, Andrés Guardado. La verdadera discusión radica, una vez más, en la fragilidad estructural sobre la que se asienta su gestión.

IDEAS DE PANTALÓN LARGO E IDEAS CORTAS

El discurso oficial insiste en la «continuidad» por el hecho de haber formado parte del cuerpo técnico saliente, pero sugerir en la banca dista enormemente de asumir la responsabilidad de la última decisión. Más allá de esa prueba de fuego para Márquez, el proyecto carece de metas claras, fechas precisas e indicadores de desarrollo reales. Establecer como máxima aspiración mantenerse en el top 10 del ranking FIFA es la confirmación de un techo autoimpuesto, un objetivo mediático y comercial que poco aporta a la evolución competitiva sobre la cancha.

LA TAREA DEL ENTRENADOR

Se pretende que el nuevo seleccionador potencie las facultades del futbolista nacional y coloque un sello de competitividad, una encomienda primordial para cualquier entrenador, pero que topa de frente con la realidad. No existe un proyecto de raíz que alimente a los clubes con talento de clase mundial; el sistema local mantiene dinámicas que asfixian el surgimiento de nuevos valores. Márquez no llega a transformar el futbol mexicano, sino a administrar la escasez de materia prima disponible.

ÉXITO A RAFA

Deseamos sinceramente que a Rafa Márquez le vaya muy bien en esta encomienda. Si triunfa, ganará la Selección, festejará la afición y las arcas de la Federación Mexicana de Futbol se mantendrán acaudaladas. Sin embargo, para el futbol mexicano como estructura e industria, la historia seguirá siendo exactamente la misma.