Walter Olivera Valladares / @WalterOliverav
Las casi siete décadas de opresión soportadas por los cubanos debieran ser aleccionadoras para otros regímenes cimentados en promesas mesiánicas en lugar de instituciones.
Lo que viene a reflexión frente a los estertores de un país devastado, a punto de colapsar bajo la intensa presión política, diplomática, energética, geográfica y militar de Estados Unidos, que además acusa a uno de sus líderes icónicos, Raúl Castro Ruz, por el uso de fuerza militar en el derribo de aeronaves civiles de rescate en 1996.
Al parecer el punto de las negociaciones sigilosas para lanzar el último salvavidas a la élite comunista de la isla fue dejado atrás. Ahora la duda es si el presidente Donald Trump necesitará intervenir militarmente o si la dictadura castrista caerá sola.
En el ámbito político, Trump tiene su carta más fuerte en Cuba para repuntar en las preferencias de su electorado, luego del desplome de su popularidad por la estancada guerra con Irán.
Justo ahora le funciona el amago a los narcopolíticos en México, pero parece que ese asunto requiere algo más de tiempo, aunque también presiona ahí en varios puntos neurales como el T-MEC y la agenda bilateral.
En medio de este contexto es comprensible el sobrado interés estadounidense por acabar con la dictadura cubana que por otra parte sólo está sostenida con hebras de soberbia y autoritarismo sobre el 89% de su población empobrecida, sin luz por el colapso de las termoeléctricas, sin la entrada de recursos y sin combustible para transportar los escasos alimentos disponibles.
El totalitarismo cubano se ha quedado sin margen de maniobra. La tensión internacional se detona. Vemos los mismos síntomas previos a la caída del venezolano Nicolás Maduro.
Frente a la isla permanece el USS Nimitz con 70 aviones y helicópteros de combate a bordo. Además, de drones de reconocimiento que sobrevuelan continuamente el territorio caribeño, igual al patrón observado en la ofensiva contra la dictadura venezolana.
Desde La Habana, la élite gobernante, altanera, intensifica su narrativa de demencia nacionalista disfrazada de soberanía. Cree que ello bastará para enfrentar al potencial adversario. En la realidad los cubanos cuentan para su defensa con una veintena de MIG-29, todavía capaces de volar y algunos cazas soviéticos prácticamente caducos.
De sus tropas, estimadas en 40 a 50 mil efectivos de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, formalmente entrenadas, casi la mitad (unos 20 mil soldados) permanece rentada a Rusia para la guerra contra Ucrania. Es decir, los soldados cubanos ven más beneficios en luchar por Putin que por su propio país.
En este contexto las cosas no pintan bien para los comunistas cubanos. Menos después de que los llamados de auxilio no han hecho eco. Venezuela y México ya no les regalan petróleo. Rusia tampoco puede brindarles más crudo. El último barco enviado por Putin, sólo llegó porque lo permitió Trump a cambio de liberar presos políticos… Y China, pues sólo ofrece tibias declaraciones de respaldo moral.
Sin petróleo, comida ni aliados, el régimen actualmente comandado por Díaz-Canel entró en cuenta regresiva. Trump asegura que Cuba es la próxima ficha en caer y la transición resulta inevitable.
A inicio del 2026, apenas en febrero pasado, aseguraba que haría una toma amable de Cuba, pero la cúpula militar castrista insiste en aferrarse al poder. Así que cualquier gesto de cortesía ya no es una posibilidad.
Y después de 30 años del derribo de las avionetas en aguas internacionales, ordenado por el entonces ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, Raúl Castro, el caso vuelve al centro de la atención mundial. ¿Cuál es ahora la hoja de ruta para poner fin al totalitarismo cubano? ¿Veremos una invasión militar? ¿Entró Cuba en fase terminal?
