UNO MENOS
Salvador Farfán Infante
Hola amigos!, hoy terminamos de ver este gran problema, desgraciadamente reconocemos que en México existe este grave problema; la Violencia y que en muchos casos se ha comprobado, que este es uno de los principales disparadores para el consumo de las sustancias que nos llevan a ser Adictos.
Las diferentes historias femeninas que se difunden comparten un problema en ellas, a las mujeres les cuesta imponerse e imponer su palabra, y se ven confinadas a un papel socialmente convenido de “aguantadoras”. Paradójicamente se enseña a las mujeres que tienen que ceder la palabra al hombre para retener su atención y la discriminación que padecen es más implacable, porque se ejerce con la perfecta inocencia de la inconsciencia.
A las mujeres se les condena poco a poco, con esa especie de negación de la existencia, a recurrir a los estereotipos de género. Un estereotipo es un “modelo ideal” que crea una especie de atajo mental que usan las personas para no pensar. Cuando se dice “tenía que ser mujer”, o “segurito fue Pepito”, no se piensa si efectivamente así fue, se toma un atajo mental, se enmarca a las personas en un estereotipo, hasta que se termina convencido de que son o, por lo menos, deben ser así. Se crea una especie de camisa de fuerza donde se mete a hombres y mujeres, para mantener el control y el servicio de las mujeres.
Si acaso las mujeres, cansadas de ser tratadas así, manifiestan su inconformidad en un estallido para defender su opinión o sus derechos, se recurre a otros estereotipos y son sancionadas como “caprichosas”, “histéricas”, “agresivas”, “hombrunas” o “locas”. Si deciden desistir de la relación son enjuiciadas como “las abandonadas” o “las dejadas”, pero si por el contrario, deciden quedarse, entonces se manejan estereotipos más elaborados, como “seguro son masoquistas para aguantar tanto”. Todas estas formas de relación terminan perpetuando la dominación masculina en la pareja.
Habría que enumerar todos los casos en los que los hombres, aun los mejor intencionados –la violencia masculina no opera siempre en el nivel de las intenciones conscientes– cometen actos discriminatorios que excluyen a las mujeres, sin planteárselo siquiera, reduciendo sus reivindicaciones a caprichos, sancionables con palabras de apaciguamiento, como una palmadita en la mejilla. Hay tantas maneras de dominación que al acumularse generan una situación profunda de inequidad que reduce y discrimina a las mujeres, por ejemplo, de puestos de toma de decisiones en los trabajos, de ejercer funciones que son exclusivas de los hombres y muchas situaciones más.
Esta discriminación se lleva a cabo de forma sutil, casi invisible e imperceptible y también es posible con una dosis de complicidad de hombres y mujeres, ciertamente forzada y no siempre consciente. Es decir, esta dominación escapa de la conciencia de la mayoría de las personas, está inscrita en los pliegues de la piel. Así ha sido toda la vida, se ha creado una tradición mantenida por generaciones.
El patriarcado ha hecho de la mujer un objeto simbólico, colocándola en un estado permanente de inseguridad o, mejor dicho, de alienación; es decir, se les ha vendido la idea de que son lo que su apariencia demuestra, de esta manera están tácitamente conminadas a manifestar, por su manera de llevar su cuerpo y de presentarlo, una especie de disponibilidad (sexual) con respecto a los hombres. Entonces el cuerpo de la mujer parece que existiera solamente para satisfacer al otro y al espejo (instrumento que permite no tanto verse sino intentar ver cómo la ven) y deja de ser un cuerpo para sí misma.
No basta con tomar conciencia de esto, sino de cuestionar y cambiar las estructuras de dominación que producen la desigualdad entre hombres y mujeres. No puede esperarse un cambio en las relaciones sino a través de una transformación radical de las condiciones sociales y culturales que perpetúan estas creencias.
