CULTURA Y NATURALIZACIÓN DE LA VIOLENCIA 3
Salvador Farfán Infante
Hoy acabamos este tema tan importante que debemos conocer muy bien para poder identificar el comportamiento de este problema en nuestra sociedad mexicana.
Cuando se habla de banalización significa que la cultura trivializa la violencia en lo general y la que se ejerce contra las mujeres, en lo particular –en este país se ha banalizado la violencia como a la muerte, por ejemplo, cuando se hacen chistes o bromas al respecto y se festejan.
La naturalización implica que se consideran como naturales las cosas que se hacen día a día sólo por su simple repetición y normalización como, por ejemplo, golpear a los niños para educarlos, porque “las letras con sangre entran”.
La legitimación se refiere a que en todas las culturas se justifica la violencia contra la mujer con frases como: “segurito algo hizo para que la traten así”, “a la mujer le gusta, si no ya se hubiera ido”, “es mejor que se aguanten si tienen hijos”, “el agresor estaba borracho y no se dio cuenta de lo que hacía”, o como dijo un juez de la ciudad de México ante una violación: “¿Qué hacía una mujer decente, sola
y a esas horas de la noche?”
Gracias a estos cuatro procesos las personas incorporan las imágenes de la violencia como algo natural, que pertenece a la vida cotidiana. Por lo tanto, en la medida en que se naturaliza la violencia dentro del contexto cultural en el cual se desarrolla una persona, a través de lo que ve en la casa, la televisión, la calle, etcétera, se va produciendo un efecto similar al síndrome de tolerancia en las adicciones; cada vez hacen falta mayores dosis de violencia para conseguir los mismos efectos. En la sociedad actual, se ha producido una habituación y naturalización de la percepción de la violencia que hacen necesarias mayores dosis de violencia para producir sorpresa, indignación o rechazo.
Cuando las personas sufren de manera cotidiana una relación violenta caracterizada por insultos, humillaciones, amenazas o golpes, terminan asumiendo como normal, natural o habitual, lo que no lo es. Ante la gran avalancha de sucesos de violencia y destrucción, se vuelve cotidiana la convivencia con ésta –y así las personas terminan durmiendo con el enemigo– y en este proceso se trastocan tanto la identidad de las personas que la sufren, como sus relaciones con los demás, hasta que terminan legitimando la conducta violenta a través de argumentos que buscan justificar los actos violentos, tanto del
agresor –“lo hago por tu bien”, “algún día me lo agradecerás”, “tú tienes la culpa, para qué me provocas”– como de la persona que los sufre: “es que tiene mal carácter”, “yo lo provoqué”, “sólo se pone así cuando toma”, “ya lo conoces cómo es”.
Es necesario transformar las creencias y los prejuicios y eliminar los mitos que ocultan el rostro de la violencia, porque al final, sólo se termina alimentando la espiral de impunidad, justificando violaciones a los derechos humanos.
Fuente: Violencia Familiar y Adicciones. CIJ
