Rebeca Pérez Vega
Agencia Reforma
Guadalajara, Jalisco 08-Dec-2025 .-En la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara, los escritores encuentran lo que no siempre ofrece el mundo editorial: un espacio cercano, desbordado y vivo, donde la conversación con los lectores y el encuentro entre colegas se vuelve el verdadero centro de la fiesta.
La FIL es, para muchos autores, algo más que una feria. Es un territorio emocional, una tradición que se sostiene en la calidez del público y en la sensación siempre estimulante de convivir, casi sin barreras, con quienes leen sus libros.
Año con año, escritores de generaciones y países distintos regresan a la cita para reencontrar ese pulso vivo que, aseguran, no existe en ningún otro encuentro literario.
La escritora Cristina Rivera Garza (Matamoros, 1964), ganadora del Premio Pulitzer por El Invencible Verano de Liliana, visitante asidua, lo resume desde la experiencia íntima.
«La Feria es muy especial dentro de todas las ferias del mundo. Tiene el público más cariñoso y apasionado que haya podido encontrar».
A ella le conmueve la valentía de los jóvenes que se acercan a conversar, a contar historias, a buscar resonancias.
«Finalmente es lo que uno quiere del libro, ¿no? Que propicie este campo de reverberaciones, de ecos y de conversaciones», describe la autora, quien este año volvió a la fiesta atraída por la vitalidad de ese diálogo vivo con los lectores ante quienes presentó sus libros Terrestre y Lo Roto Precede a lo Entero.
Para Gonzalo Celorio (CDMX, 1948), recién ganador del Premio Cervantes, y quien recibió además este año el Homenaje al Bibliófilo José Luis Martino, la relación con la FIL es prácticamente biográfica.
Ha asistido a todas las ediciones desde 1987 y fue asesor literario durante dos décadas. Conoce sus capas: la profesional, donde se negocian derechos y traducciones, y la festiva, que da forma a la mayor celebración del libro en español.
«Hay ferias de carácter estrictamente profesional y otras que son festivales de la palabra. Esta reúne las dos condiciones, a diferencia de la Feria del Libro de Frankfurt, que es demasiado fría y para profesionales, la de Guadalajara ofrece un calor único», define el autor, quien este año además presentó sus libros Ese Montón de Espejos Rotos y Mi Amigo Hernán.
La FIL es también un viaje emocional para Mónica Lavín (CDMX, 1955), que cada año vive la experiencia como un cierre del ciclo creativo.
«Es como un viaje muy excitante donde sabes que te esperan muchas cosas: trabajo, encuentros sociales, amistades que no ves en todo el año», advierte.
En los pasillos, entre libros y conversaciones, dice que se renueva el impulso para lo que sigue.
«Es un momento que culmina el quehacer del año. Muy gratificante y también extenuante», confiesa la autora y ahora, como abuela, incluso encuentra ahí los libros infantiles que lleva de regalo navideño, una tradición más en su calendario literario.
La escritora Nona Fernández (Santiago de Chile, 1974) mantiene con la FIL un vínculo afectivo desde que fue seleccionada en el programa Los 25 secretos de la literatura latinoamericana, en la 25 edición de la Feria.
En el festival literario de 2017, la autora recibió el Premio de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz, momento que considera decisivo en su proyección internacional.
«Yo le debo a la FIL esa vitrina. Dejó de ser solo mi barrio; comenzó a ser un barrio más grande», define y añade que es una feria intensa, multitudinaria y «muy fiestera», donde el contacto con el público es «impresionante, a veces excesivo», pero siempre estimulante.
Para Rosa Montero (Madrid, 1951), la relación con los lectores es el verdadero lujo de acudir.
«Es un lujo tener gente tan maravillosa, tan generosa que te quiere tanto», narra la autora, que este año presentó Animales Difíciles, la última entrega de su serie literaria dedicada a la detective Bruna Husky.
La autora, que acude a este encuentro editorial desde 1988, describe que, aunque este año llegó con agotamiento, era una fiesta que no quería perderse.
Sabina Berman (CDMX, 1955) regresa casi todos los años porque la FIL le ofrece algo irreemplazable: conversaciones inesperadas que pueden transformar incluso su obra. «En los pasillos se me acercan personas y nos ponemos a platicar. Hay gente que me da la clave». Como aquella criminóloga que le sugirió un párrafo faltante para Los Billonarios Desaparecen. Antes, dice, había una «barrera de papel» entre lectores y escritores; ahora predomina la cercanía: «Se nota mucho en la conversación. Me alimenta».
Para Trino (Guadalajara, 1961), que ha presentado un libro prácticamente cada año desde 1988, Guadalajara y la FIL son parte de su biografía profesional. Aunque se queja del tráfico, de las hordas escolares y del caos de los fines de semana -«es como ir al Zócalo con acarreados»- reconoce que el encuentro con su público compensa todo: «La gente te tira bien buena onda. tengo mis 15 segundos de fama cada año». Entre el amor por la ciudad y el cansancio de sus tumultos, vuelve siempre por esa energía «bittersweet» (agridulce) que solo encuentra ahí.
A pesar de las agendas, los largos viajes, el cansancio o el caos, todos regresan por una razón común: la FIL es un espacio donde la literatura sucede en tiempo real, en cuerpos que caminan, voces que conversan y lectores que reconocen en los autores a los cómplices de su imaginación.
