- En 1989 San Luis Potosí vivía una represión disfrazada de moral y una imposición disfrazada de política que impidió a la banda de Black Sabbath tocar para los potosinos.
El 28 de octubre de 1989, San Luis Potosí vivió uno de los episodios más lamentables en su historia cultural. Lo que sería el primer concierto de heavy metal en México con Black Sabbath, fue silenciado por una autoridad que respondía más a intereses ideológicos, religiosos y conservadores que al interés del pueblo.
La cancelación del evento dejó al descubierto el autoritarismo de un grupo político hegemónico que pretendía imponer su visión moral por encima del derecho ciudadano a manifestar sus ideas, gustos y cultura.

La capital era gobernada por Guillermo Pizzuto Zamanillo, alcalde cercano a los navistas y a las familias conservadoras que se habían adueñado del poder político y económico en San Luis capital.
Bajo la influencia directa de la iglesia católica y sus redes de poder espiritual sobre la alcaldía capitalina, se vetó a la banda con el argumento de que incitaban a la violencia, al satanismo y a la perdición de la juventud. Bastó con que se dijera “Black Sabbath es satánico” para que la maquinaria del miedo actuara clausurando el Estadio Plan de San Luis y desatando una represión brutal contra miles de jóvenes que habían viajado desde distintos estados del país, e incluso del extranjero.
La juventud, indignada, encontró refugio en barrios como El Tecuán donde familias solidarias protegieron a los jóvenes perseguidos por la policía. Estudiantes universitarios, así como organizadores del evento se enfrentaron a la decepción e impotencia de ver cómo se negaba a una ciudad el derecho de acceder al arte y a una manifestación cultural legítima que dejó como saldo un concierto cancelado, boletos no reembolsados, disturbios, heridos, detenidos, la vergüenza colectiva y una banda que regresó a su país sin comprender cómo una ciudad entera podía vivir bajo una moral tan impuesta.
Lo ocurrido aquel «sábado negro» fue la muestra de una época en que el pensamiento distinto era considerado peligroso y la juventud era vigilada como si el deseo de música fuera un delito. Les prohibían sentir, expresarse, escuchar y hasta elegir.
Esa misma autoridad religiosa que aún piensa que puede controlar autoridades y decidir por los potosinos, calló los abusos sexuales a menores de edad del padre Córdova y muchos otros curas, protege a sus huestes pederastas y aún quiere decidir qué manifestaciones culturales son propias para las potosinos y cuáles no.
Pero hoy San Luis Potosí es otro. Atrás quedaron los tiempos en que unos cuantos decidían qué podía ver o escuchar la gente. Hoy, gracias a la evolución política y cultural de las y los potosinos, el Estado se abre sin miedo a todas las expresiones artísticas. Artistas de la talla de Till Lindemann y otras bandas internacionales se han presentado en completa libertad con el respaldo de autoridades que no imponen dogmas, sino que celebran la diversidad cultural.
La cultura y el arte no será prohibida en San Luis Potosí. Ya no hay espacio para imposiciones morales ni prohibiciones disfrazadas de preocupación ciudadana. Hoy se reconoce que el arte y la cultura son formas de libertad de expresión, no de amenaza.

